Acracia

“El dolor destroza a la humanidad. Para evitarlo debemos destruir a toda fuente que lo provoque”

Una facción que luchó por la anarquía, valiéndose del caos para este nuevo orden. El motor acéfalo de Acracia, que otrora permitió a sus miembros filtrarse entre filas enemigas e infectar sus planes, terminó siendo su mayor debilidad. Bajo una caótica cohesión, la facción fue pronto blanco del resto. A pesar de sobreponerse y ganar la más grande de las batallas, el precio pagado fue muy alto: sus propias vidas.

Con el pasar de los años sus escasos miembros se dispersaron hasta desaparecer. Esta facción y su legado fueron borrados del mapa, siendo su nombre solo pronunciado por los sonidos del viento. Tras el gran despertar, los nuevos líderes de Corporación, Abismales y Quimera se rehusaban a creer lo que llegaba a sus oídos: una nueva Acracia resurgía ardiente, no de las cenizas, sino que de la nada.

Quimera no tardó en aceptar la realidad: la Acracia que los traicionó y engulló en las flamas de aquella noche vil, es una facción inmortal. 

La nueva no surge de sus líderes perdidos ni de la transmisión de una ideología: es imposible de eliminar del hombre, pues Acracia se origina en el dolor y la rabia. El dolor del humano al perder a los suyos y de ser expulsado; la ira de ser dominado e incluso aplastado. Tras indagar en los vestigios de su pasado, esta ha aprendido de sus errores y no está dispuesta a caer nuevamente en ellos. La facción ha entendido que el caos jamás llevará adelante a los humanos y, por el contrario, deben evitar a toda costa el caos que genera el resto de las facciones sobre éstos.

Reemplazando caos por libertad, la facción está convencida de que el humano logrará alcanzar por sí mismo el camino y que el destino de la raza no debe ser guiado, dominado ni menos eliminado por los desviantes. Los Acracia son aquellos de este grupo que han despertado a través de situaciones de terrible dolor emocional, usualmente causado por acción del resto de las facciones. Sus miembros surgen en la población tras conflictos bélicos, como granos de maíz que explotan entre las llamas de la batalla. Testigos y víctimas del daño que las facciones causan a la humanidad, están dispuestos a dar sus vidas para detener la intromisión desviante.

Acracia resurge bajo un nuevo sistema basado en subgrupos independientes, de igual peso jerárquico, regidos por un líder sin nombre ni rostro. Cada grupo, desconectado del resto, opera como una unidad para llevar a cabo sus planes. Uno de estos no dudará en acudir en ayuda de otro cuando sea necesario, pero apenas el conflicto acabe, regresarán a su equilibrio fragmentado.

Sus miembros son imposibles de clasificar en categorías ni encasillar bajo un mismo concepto, pues es precisamente esta diversidad lo que les otorga su flexibilidad y fuerza. Otro aspecto usual en sus miembros es estar de alguna forma desconectados de la realidad, siendo posible verlos divirtiéndose en medio del conflicto o incluso coqueteando con el enemigo. Ellos lo han perdido todo, por lo que no se arrepienten de nada; esto es fácil de corroborar al ver las sonrisas con que se mantienen incluso tras haberles dado muerte.

Acracia ya no es así un grupo de hormigas que escapan desperdigadas, ahora son panales de abejas que avanzan oscureciendo el cielo, colándose entre las redes e inyectando su veneno. Tras el furioso ataque, la nube se disipa y regresan a sus colmenas, ocultas en la inmensidad del bosque.