Marejadas Corrosivas

Los ilusos siguen creyendo que Puerto Poponki es un embarcadero comercial, a pesar que hace años no se detiene un barco de carga en ese rincón de San Petersburgo. Tras el alzamiento de China como potencia mundial, el lugar quedó abandonado, sin embargo su ubicación estratégica lo convirtió de inmediato en un importante Santuario Abismal. Protegido del resto de la ciudad bajo la fachada de un recinto abandonado y hervidero de crímenes, Abismales tiene total libertad de usar sus gigantescas bodegas como campo entrenamiento. Por algún motivo -sigilo o simplemente estética- en su interior se continúa dando uso a containers oxidados para almacenar armas y recursos, así como los camarotes de barcos a medio hundir como barracas.

En esta gran ciudad de la enorme Rusia, los agentes soviéticos y estadounidenses de Corporación abundan en cada rincón, sin mencionar a los informantes Quimera ni a los Acracia que parecen surgir de la nada misma. Cazándolos uno a uno y extorsionándolos hasta la muerte, la facción pronto se vio sin espacios discretos en donde deshacerse de los cadáveres. Intentaron almacenarlos pero la putrefacción fue insufrible, lanzarlos fue en inicio una buena idea, pero al reflotar y analizar el ADN las facciones enemigas fueron pronto alertadas. En una urbe atiborrada es difícil hacer desaparecer y los rusos simplemente no pudieron con ello.

En medio de la desesperanza, un hombre de reconocible mostacho fue enviado al Santuario desde lo más alto de Latinoamérica. Ángel “El Pozolero” Nájera fue el primero en años en atracar en Poponki, portando en su barco enormes contenedores plásticos y un sinfín de barriles con químicos. Totalmente falto de empatía y ocupándose como desaparecedor de cuerpos desde su temprana adolescencia en México, El Pozolero perfeccionó año a año sus técnicas; a los 13 años comenzó enterrando cuerpos en antiguas tumbas abandonadas del cementerio, luego probó dinamitándolos, e incluso desmembrando y arrojando las partes a los cocodrilos, pero todos sus métodos incluían el contacto directo con su mayor fobia: la sangre. 

Investigando procedimientos para hacer su trabajo sin tener que enfrentarse a la espantosa hemoglobina, llegó a la solución: precisamente una solución. Sumergiendo a sus víctimas -vivas o muertas- en potentes ácidos, es solo cuestión de semanas para que la corrosión los reduzca a simples huesos. Moviéndose de un lado a otro con sus guantes de goma y escuchando a todo volumen rancheras para enmascarar los gritos de sus siguientes víctimas, El Pozolero se deshace de las partes óseas lanzándolas a las aguas, prontamente tornándose arena en el fondo de las aguas bálticas.

El Pozolero es consciente que en caso de ser emboscados pronto llegaría el fin del Santuario, por lo que los ocupantes de Puerto Poponki decidieron adelantarse y estar preparados frente a cualquier ataque. Abriéndose camino más de 50 metros bajo tierra, fue desplegado un sólido Búnker Antibombas con conexiones de emergencia dos líneas de metro, reforzando la seguridad de la facción sin importar donde se encuentren sus miembros.

Hoy el antiguo Puerto Poponki está más vivo que nunca, y al ritmo de las rancheras y corridos mexicanos, sus miembros han activado por completo la industria de los rehenes, huesos y ácidos.


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